Dos nuevos santos en la Iglesia: San Juan XXIII y San Juan Pablo II

Cerca de 1.000.000 de peregrinos han acudido en Roma a la ceremonia de canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII, según datos facilitados por la Oficina de Prensa del Vaticano.

Concretamente, la Santa Sede estima que medio millón de personas se concentró en la Plaza de San Pedro y las vías adyacentes, mientras que otras 300.000 personas siguieron el acto a través de las distintas pantallas gigantes distribuidas por  la ciudad de Roma. Un total de 870 sacerdotes han distribuido la comunión a los fieles.

Los peregrinos han comenzado a acceder a la Plaza de San Pedro hacia las 05.00 horas de la madrugada, con multitud de banderas y pancartas y una especial presencia de la comunidad polaca. En la noche del sábado, cientos de miles participaron en las vigilias de oración que se celebraron en iglesias del centro de Roma en distintos idiomas. Está previsto que a partir de las 14.00 horas se abran las puertas de la Basílica de San Pedro para que los peregrinos puedan rezar ante las tumbas de los santos.

Concretamente, a las 9.53 horas ha comenzado la Procesión de Ingreso y a las 10.15 de la mañana han sido declarados santos por Francisco en presencia de Benedicto XVI.

En su homilía de la solemne Misa de canonización de los Papas San Juan XXII y San Juan Pablo II el Papa Francisco recordó que en el centro de este domingo, con el que se termina la octava de Pascua, y que Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado.

El Obispo de Roma también afirmó que estos nuevos Santos no se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano, porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valerosos, llenos de la parresia del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia.

Además, el Papa Francisco destacó que ambos fueron sacerdotes, obispos y Papas del Siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte; fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor de la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios que se manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte la cercanía materna de María.