El infierno es el estado de la  separación eterna de Dios, la ausencia absoluta de amor. 

Quien muere conscientemente y por propia voluntad en pecado mortal, sin arrepentirse y rechazando para siempre el amor misericordioso y lleno de perdón, se excluye a sí mismo de la comunión con Dios y con los bienaventurados. Si hay alguien que en el momento de
la muerte pueda de hecho mirar al amor absoluto a la cara y seguir diciendo no, no lo sabemos. Pero nuestra libertad hace posible esta decisión. Jesús nos alerta constantemente del riesgo de separarnos definitivamente de él, cuando nos cerramos a la necesidad de sus hermanos y hermanas: «Apartaos de mí, malditos […] lo que no hicisteis con uno de éstos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo» (Mt 25,41.45)

Artículo anterior¡Felicidades al hombre más luchador! ¡Felicidades papá!
Artículo siguienteUna monja ursulina se presenta a «La Voz» en Italia y emociona al público y jurado.