Quien anhela el reino de Dios tiene en cuenta la lista de prioridades de Jesús: las bienaventuranzas. 
Comenzando por Abraham, Dios ha hecho promesas a su pueblo. Jesús las retorna, amplía su validez hasta el cielo y las convierte en su propio programa de vida: el Hijo de Dios se hace pobre para compartir nuestra pobreza, se alegra con los que están alegres y llora con los que lloran (Rom 12,15); no recurre a la violencia, sino que ofrece la otra mejilla (Mt 5,39);
tiene misericordia, siembra la paz y con ello muestra el camino más seguro hacia el cielo.

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