#PrayForFilipinas – «Solo podía rezar y llorar»

Parece que el pueblo filipino no puede sobreponerse a una desgracia, cuando sucede la siguiente. Tras el devastador paso del supertifón ‘Yolanda’ el pasado viernes, la Agencia Japonesa de Meteorología alerta de la llegada del huracán ‘Pudol’, o también llamado por las Instituciones atmosféricas filipinas ‘Zoraida’.

El pánico se apodera de los filipinos que, en cadena, comienzan a través de las redes sociales a alarmar de la situación que se aproxima con una mezcla de impotencia, consternación y sobre todo histeria. Los diarios nacionales tienen que realizar tiradas de emergencia para poder advertir de la situación.

Los colegios siguen suspendidos y se vuele a instalar el estado de emergencia máxima, así como organizar a las autoridades de cada ‘barangay’ (municipio) para que en tiempo récord preparen una nueva evacuación, y de este modo las zonas más desfavorecidas puedan abandonar sus viviendas o chabolas y cobijarse en las escuelas para poder estar seguros.

Precisamente se estima que pasará exactamente por las mismas islas devastadas de las Bisayas Centrales y golpeará con mayor intensidad en el norte de Mindanao. La ciudad de Tacloban, en la provincia de Leyte, conocida en prensa local como una ciudad fantasma, ha sido la más afectada por la ira de la naturaleza y según explica el gobernador Soria de Leyte «son más de 10.000 los fallecidos y no conocemos la cantidad concreta de desparecidos».

La zona norte de Cebú también ha sido arrasada por el temporal, y sus ciudadanos piden auxilio a la prensa para no centrar todas las ayudas en Tacloban. Además, en la isla de Samar, el número de víctimas mortales ha incrementado en cuestión de horas, de 200 a más de 400, y se precisa de donaciones de sangre para atender los hospitales.

Además de los fuertes vientos tuvieron que soportar lasinundaciones que hacían imposible la supervivencia de las personas que estaban en sus casas pero a nivel del suelo. Los cadáveres se cuentan por centenares y su identificación va a ser extremadamente lenta o insostenible.

La mayoría de las víctimas son personas de extremada pobreza, cuyas viviendas de paja, cartones, palmeras o plásticos, han desaparecido, así como sus únicos modos de vida, las granjas, los ‘jeepneys’, (los miniautobuses filipinos, el único medio de transporte terrestre), las barcas de los pescadores…

Si ya de por sí las inclemencias temporales son terribles, se suma la miseria, la falta de preparación, las infecciones, los grandes saqueos a centros comerciales, viviendas y hoteles. Las noticias que van apareciendo en los periódicos y en la televisión sobre desaparecidos, las muertes y cada desgracia en particular, son tan alarmantes que es imposible mantenerse ileso de su dolor.

Según Ara Sumalignon, enfermera del Divino Word Hospital de Tacloban, «Nunca había vivido algo así, no podíamos atender a la cantidad de personas que suplicaban auxilio, no teníamos sangre suficiente y el número de heridos era tan elevado, se nos inundó la sala de emergencias, no teníamos suministro eléctrico y los generadores no funcionaban, pensé que era el fin del mundo, sólo podía rezar y llorar«.

 

El Mundo