No sin mi «Mourinho»

No sé qué opinarás de Mourinho. Quizá eres de los madridistas que aún le añoran, y echan de menos su carácter polémico y su fútbol de contraataque. O puede que pienses que el Madrid está mejor sin él. Poco importa aquí. Si quieres te cambio a Mourinho por Guardiola, el filósofo de los catorce títulos; o por Vicente del Bosque, que nos llevó a todos a la euforia con el Mundial. O por El Cholo Simeone, o por Ferguson, o por Jupp Heynckes. O si quieres por Pepu Hernández, que tantas alegrías nos dio con Gasol y compañía; o por Toni Nadal, padre y mentor del más grande.

Por supuesto, estamos hablando de entrenadores. Y es que en la lógica humana, cuando alguien quiere conseguir algo, busca una persona más sabia que le pueda guiar y aconsejar. Si decides tomarte en serio el atletismo, por ejemplo, buscarás un entrenador. Tu profe de autoescuela no es otra cosa que una especie de entrenador que te prepara para algo. Si Messi o Cristiano Ronaldo, siendo quienes son, se someten a las órdenes del míster, es porque saben que para jugar bien al fútbol, aunque seas el mejor, es necesario que alguien te guíe.

En la vida cristiana pasa exactamente lo mismo. Si decides tomártela en serio, es fundamental buscar un entrenador. Un sacerdote, o un laico prudente y con experiencia, con el que hables regularmente de cómo avanza tu amistad con Jesús. De los temas de tu oración, de los combates contra tus miserias, de las alegrías y los sinsabores en tu relación con los demás seres humanos. No hay otro camino. Si queremos ir decididamente hacia la santidad, necesitamos un entrenador. De lo contrario, podemos seguir jugando al fútbol en el patio, atascados en el mismo regate.