Cómo hacer de nuestra fe la luz del mundo

PARTE 1: EL PELIGRO DE LA EDUCACIÓN CRISTIANA

Recibir desde la infancia el acercamiento a Jesucristo es, indiscutiblemente, uno de los mayores dones que permite la vida en sociedad. Desde luego, sería estúpido no entender que aquello que puede dar un sentido a nuestra vida ha estado en nuestras manos desde que tenemos memoria. Debemos ser conscientes de ello, porque gracias a esta educación no caminamos a tientas, sino que nos enfrentamos al futuro cara a cara, sin miedo… O tal vez no.

Por desgracia, recibir la fe desde una edad temprana no significa que vayamos a mantenerla en un futuro. Dios, nuestra familia y el colegio, instituto o parroquia, han puesto las bases sobre las que nosotros, personalmente, debemos construir. No tiene ningún sentido llamarse a uno mismo cristiano por la simple inercia de la educación. Éste es el peligro. Quedarnos en esto sería tan absurdo como mantener ahora la misma visión que teníamos sobre la amistad a los 8 años.

Por eso, este artículo es una llamada a todos los cristianos que están dormidos en su fe, y que actúan como verdaderos autómatas religiosos. Esto de “autómatas” me recuerda a la idea que alguna vez nos hemos hecho de la sociedad. ¿Quién no ha dicho o pensado en alguna ocasión que la sociedad convierte a los individuos en títeres al servicio de otros, etc.? En general, cuando alguien dice algo parecido a esto, siempre hay una parte de nosotros, al menos, que está convencida de ello.

Mira, la influencia de nuestro ambiente social en nosotros es algo tan real e indiscutible como que somos seres sociales y culturales. Pero siempre se nos olvida la otra parte, la más importante, y por supuesto la más determinante. Y es que no somos animales, o entes pasivos[1], restringidos por nuestro entorno. En realidad, estamos hechos para adecuar el entorno a nosotros, y preparados para reaccionar a favor o en contra de esta influencia social. Aunque (y esto debe quedar muy claro) sólo si somos conscientes de que existe tal influencia.

Al hablar de la sociedad opresora y bla, bla, no sólo nos estamos sirviendo de una pobre ficción para esquivar nuestra responsabilidad. Sino que además, aceptando esto sin ser conscientes de ello siquiera, damos realidad a esa idea dentro de nosotros, y víctimas de nuestra propia enfermedad, acabamos siendo esclavos de los límites que nosotros mismos permitimos. Y esto es lamentable. Si encajamos esto en el automatismo religioso del que antes hablaba, lo veremos ahora más claro, y se nos pondrán los pelos de punta.

Si no queremos ver cómo nuestra fe muere dócilmente, deberemos alimentarla con coherencia. Pero para ser coherentes, ¡antes tenemos que saber en qué lo queremos ser!  Es decir, si aún no te has planteado muy seriamente cuál es el motivo real (y real es real) por el que vas a misa todos los domingos, deberás hacerlo pronto. No, pronto no, ¡ya! Vale mucho más un ateo que sabe por qué es ateo, que un cristiano que no sabe por qué cree.

En fin, deshagámonos de esa fe infantil, que nos impide ver lo que realmente nos hará felices en esta vida. Como decía Benedicto XVI: “Sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial”.

Luchemos, cada día,  por lo que de verdad importa: una fe en Cristo sólida y abrasadora, que despierte de esa soñolienta pasividad a nuestros hermanos que nos rodean. ¡Y abrámonos, difundamos la alegría entre las personas! ¿Sabes por qué? Porque quizás seas tú la única persona que pueda ofrecer a esos de ahí la posibilidad de conocer y amar a Cristo.

Es fácil decirlo –pensarás–, pero ¿cómo puedo hacer todo eso? Si este artículo te ha dejado pensativ@, en la siguiente parte[2] encontrarás algunas propuestas, que te ayudarán a poner en práctica esas grandes aspiraciones que ahora mismo sientes y pretendes alcanzar.



[1] Con pasivos me refiero a desprovistos de la capacidad de operar sobre nosotros mismos y nuestro alrededor.

[2]La Parte 2 de este artículo será publicada alrededor de 10 días después de la publicación de ésta primera.