¿Vivir juntos antes de casarse?

Hace unos pocos días estuve cenando en casa de un familiar, en una ciudad del norte de España. Un ático a medio amueblar, coqueto, elegante, pequeño eso sí, pero con espacio suficiente para las dos personas que lo habitan. Un chico y una chica, novios desde hace un tiempo, que han decidido arriesgarse y alquilar el pequeño ático para, antes de darse el “sí, quiero”, ver cómo funcionan conviviendo como pareja y si realmente vale la pena llegar hasta el Altar para entregarse el uno al otro para toda la vida. La cena, frugal, propia de una noche calurosa del verano, regada toda ella con un excelente “Viñas del Vero”, un caldo exquisito del Somontano aragonés. La conversación todavía más exquisita, jugosa y llena de confidencias importantes. Sale a relucir el tema estrella de la noche: la conveniencia o no de vivir juntos dos novios antes de casarse. El argumento más repetido por ellos era que todo el mundo lo hace, que es una práctica extendidísima y que no hay marcha atrás en un mundo civilizado como el nuestro, por más que la Iglesia Católica condenara esa situación, para ella, gravemente irregular. De todos los demás argumentos, ninguno me pareció razonable. Si es algo tan extendido, si es algo “común” en nuestra sociedad, la pregunta que surge de modo inmediato es: ¿por qué la Iglesia Católica sigue manteniendo que no es bueno vivir juntos antes de casarse?, ¿quizá los obispos disfrutan poniendo normas a la vida de los jóvenes que parecen anticuadas y aburridas? Cuando no se utiliza la inteligencia para pensar sino solamente el sentimiento, la respuesta a estas preguntas es rápida y sencilla, sin entrar al diálogo racional que tiene como fin el buscar la verdad de las cosas: porque los curas están anticuados. Una respuesta fácil, típica, “moderna”. ¿Es que tenemos miedo a pensar?

El matrimonio, ya sea por lo civil, ya sea por la Iglesia, es un acto libre de un hombre y de una mujer que mediante un compromiso asumido libre y conscientemente, crea un vínculo de amor tan fuerte que sólo la muerte lo puede romper. Nadie en el Cielo ni en la tierra puede destruir ese vínculo de amor que dos personas que se quieren fundan porque quieren entregarse el uno al otro de verdad, sin condiciones, sin cláusulas, sin guardarse nada para sí mismos. Por eso el matrimonio crea un vínculo indisoluble, porque no conoce de tiempo ni de espacio, el hombre y la mujer que se entregan en matrimonio se entregan del todo, todo lo que son y para siempre. Esa entrega necesita, pues, de dos cosas: la confianza y la libertad. Confiar el uno en el otro como fruto del mutuo conocimiento y ser plenamente libres con una libertad que por amor se condiciona, se ata, se entrega siendo así verdadera libertad (no existe una libertad “pura”). Vayamos al caso que nos ocupa: dos novios van a vivir juntos unos meses antes de darse el sí quiero. Quieren conocerse, convivir antes de dar el paso. Esto parece lógico y razonable. Sin embargo, si lo pensamos fríamente… ¿dónde queda la libertad y la confianza? Vivir juntos “antes de”, es como una pastilla que por dentro llevara veneno. Parece que conviviendo antes se van todos los problemas, desaparecen todas las sombras de duda de uno respecto del otro. ¿Pero vivir juntos, sin compromiso de ninguna clase, sin ataduras no es dejar una puerta abierta, por muy pequeña que sea al “por si acaso? Vivimos juntos por si acaso, convivimos antes por si acaso, probamos antes por si acaso… la pastilla del “por si acaso” está llena de veneno. Y el veneno es el egoísmo y la desconfianza: egoísmo porque me entrego pero no me entrego, me doy pero no del todo; y desconfianza porque me fío de ti, pero no del todo, albergo una duda de si tú eres la mujer o el hombre de mi vida. El egoísmo se opone a la libertad y la desconfianza a la confianza, entonces, se destruye la posibilidad del vínculo matrimonial cuyos dos ejes de fuerza fundamentales son la libertad entregada y la confianza en la otra persona. En realidad, para conocerse está el noviazgo que vivido desde la fe cuenta además con la ayuda de Dios para descubrir con los ojos de la fe si esa persona es el hombre o la mujer de mi vida. En esto, como en todo, es cuestión de fe. Y la fe me lleva a conocer como conoce Dios y a saber que Dios no es ajeno a mi noviazgo sino que Él pondrá a mi lado en el momento oportuno la persona que será el objeto de mi amor libre y confiado, de mi entrega total y mi camino al Cielo.