Ceremonia de bienvenida del Papa en Copacabana

El Papa fue aclamado bajo la lluvia. “Esta semana, Rio se convierte en el centro de la Iglesia», dijo el Sumo Pontífice en su saludo de bienvenida a los peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud.

 

Francisco llegó hoy a las 17.16 en helicóptero al Forte de Copacabana, un área militar de Río de Janeiro, desde donde se trasladó en el papamóvil para llegar luego al escenario montado en la playa. Una multitud de jóvenes, calculada en más de un millón de fieles, entre ellos miles de argentinos, esperaban desde temprano la llegada del Sumo Pntífice para lo que se constituirá en la fiesta de bienvenida de las delegaciones del mundo.

Finalmente, Copacabana se configura como el gran escenario de esta JMJ, puesto que las fuertes lluvias han hecho imposible que los actos finales se lleven a cabo en Guaratiba, hoy inundado por la lluvia y el barro.

Aun así, la lluvia, el viento y el frío no pudieron con el millón de jóvenes que acompañó a Francisco esta noche, durante la inauguración de los actos centrales de la JMJ de Río. En una abarrotada playa de Copacabana -sus cuatro kilómetros de arena eran invisibles entre tanta gente- el Papa pronunció un emotivo y divertido discurso, íntegramente en castellano, en el que reveló que «he venido a ser confirmado por la fe de ustedes». «¡Qué feo es un obispo triste! ¡Qué feo que es!«, gritó el papa, arrancando los aplausos de la multitud y la mirada gacha de algunos de los prelados que lo miraban debajo del altar.

«¡Todos juntos! Pon fe, por esperanza, pon amor», dijo después. «¿Quién puede darnos esto? Cristo». «Hoy les digo a cada uno de ustedes. Pon a Cristo en tu vida y encontrarás un amigo al que fiarte siempre. Y tu vida estará llena de su amor, será una vida fecunda». «Pon a Cristo en tu vida», porque «La fe es revolucionaria. Y yo te pregunto: ¿Estás dispuesto a entrar en esta onda de la revolución de la fe?», y sonó un nítido «Sí». Y es que «Jesús nos espera. Jesús cuenta con nosotros«.

Las primeras palabras de Francisco a la multitud fueron para pedir un momento de silencio en recuerdo de la muerte de la joven Sophie Morinière, muerta en accidente en la Guyana francea en camino a la JMJ. También recordó el Papa la primera JMJ que se celebró en su ciudad, en Buenos Aires, en 1987, y especialmente a la figura deBenedicto XVI, para quien pidió un aplauso. Se escuchó a Francisco susurrar, junto al pueblo, el clásico «Benedicto, Benedicto» de los jóvenes. «Saben que antes de venir a Brasil estuve charlando con él, y le pedí que me acompañara en el viaje, con la oración. Benedicto XVI ahora nos está viendo por televisión».

«Quiero agradeceros el testimonio de fe que estáis dando al mundo», continuó el Papa. «Siempre he pensado que a los cariocas no le gustan ni el frío ni la lluvia. Estáis demostrando que vuestra fe es más fuerte. ¡Enhorabuena!», bromeó.

«Esta semana, Río se convierte en el centro de la Iglesia, en su corazón vivo y joven», proclamó el pontífice, quien asumió que «hoy he venido a confirmarles en esta fe, la fe en Cristo vivo que habita en ustedes, pero he venido también para ser confirmado por el entusiasmo de su fe».

Y a partir de aquí, improvisación: «Veo en vosotros la belleza del rostro de Cristo, y mi corazón se llena de alegría»

«Yo he venido a ser confirmado por la fe de ustedes. Porque la fe del Obispo puede entristecerse. Qué feo es un obispo triste. Qué feo que es. Por eso he venido aquí, para contagiarme por el entusiasmo de ustedes»

«Tengan certeza de que mi corazón los abraza a todos con afecto universal», añadió el Papa, quien quiso saludar a todos los que «nos siguen por la radio, television e internet. ¡Bienvenidos a esta fiesta de la fe!»

«El Cristo redentor, dede el Corcovado, los acoge y los abraza desde esta ciudad de Río«, concluyó el Papa, quien dió «a todos y cada uno un abrazo afectuoso en Jesús y con Jesús».
Hubo varios momentos de honda emoción en el saludo inicial: el Papa comenzó recordando lo que ha supuesto la celebración de la JMJ, comenzando por el de Buenos Aires de 1987, y a la joven francesa Sophie Morinière, muerta en la Guayana francesa cuando peregrinaba a Río.

Y a mitad de su saludo, el Papa se pasó al español. Quiso pedir un gran aplauso para Benedicto XVI: “le pedi que me acompañara con la oración y me dijo que me acompañaría en la oración, y me dijo que lo haría y que lo seguiría por la televisión, así que ¡ahora mismo nos está viendo!

Después improvisó hablando sobre él mismo, refiriéndose a los “graves problemas que tiene que afrontar un obispo»: “que feo es un obispo triste» . Yo, para que mi fe no sea triste, he venido aquí para contagiarme con el entusiasmo de ustedes”.

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