Visita del Santo Padre a la Favela Varguinha

Francisco, un padre que acoge a todos

 

En una mañana fría y lluviosa el Santo Padre ha visitado la favela Varguinha. Durante los últimos días los 1.200 vecinos la han limpiado y adornado para recibirle, por ello se ha mostrado muy agradecido.

Los vecinos de la Varguinha, la cual el año pasado estaba gobernada por narcotraficantes, han recibido a su Santidad con un torrente arrollador y ha comenzado su discurso diciendo: “Es bello estar aquí con ustedes”. Francisco estaba conmovido y a abrazado y besado a cientos de vecinos. Tal a sido la cercanía con este trocito del pueblo brasileño, que le han llamado simplemente: “Padre Francisco”, como ha dicho el vecino encargado del discurso, pues es un padre que acoge a todos.

En primer lugar, se dirigió a la iglesia de San Jerónimo Emiliani, apóstol de los pobres, tan abundantes en este país, 11 millones de ciudadanos viven en favelas, el 6 por ciento de la población.  A la salida, le obsequiaron con la bufanda de su club en Buenos Aires, el San Lorenzo de Almagro, que recibió muy sonriente y agradecido.

El Santo Padre ha asegurado que “le gustaría llamar a cada puerta” y “charlar tomando un cafetinho”. Incluso a pasado a una de las casas que son muy pobres. De esta forma, ha animado a buscar una sociedad mejor, cambiando uno a uno, en primera persona. Asentando el pueblo sobre la solidaridad y la justicia, por ello ha citado el proverbio brasileño: “Siempre se puede añadir más agua a los frijoles”. Porque “la verdadera riqueza no está en las cosas, sino en el corazón”.

También ha hecho un llamamiento a los poderes públicos a velar por la seguridad de los más débiles: “Recordémoslo siempre: sólo cuando se es capaz de compartir, llega la verdadera riqueza; todo lo que se comparte se multiplica. La medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza”. Con ello, ha exhortado a los jóvenes a luchar sin descanso por “los valores del pueblo”, como dijo ayer. “Sean los primeros en hacer el bien, en no habituarse al mal, sino a vencerlo”.

Además, ha dicho que “hay un hambre más profunda, el hambre de una felicidad que solo Dios puede saciar. No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes inmateriales: la vida, don de Dios que siempre se ha de tutelar y promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración social; la educación integral (…); la salud, que debe buscar el bienestar integral de la persona; la seguridad”.

Al final, le regalaron una camiseta amarilla de recuerdo que mostró con orgullo. Todos estaban muy felices, pero el Papa mucho más.