Lío gordo

Quizás conoces ese chiste en el que un amigo pregunta a otro:

-¿De qué estás tan gordo?

-De no discutir, le contesta.

-¡Hombre, de eso no será!

-Pues no será…

Hoy te quiero hablar de lo de no discutir

No pretendo abordar ahora el tema de la gordura, de la obesidad, una plaga en el primer mundo… mientras en el tercero lo es la terrible desnutrición. Y eso que lo del exceso de peso es una cuestión de actualidad. No porque estemos todavía en época de bikinis o similares, sino por múltiples razones. Te doy una: conocimos recientemente unestudio científico del que se deducía que vivir en altitud te hace estar más delgado. Tiene tela. Estás más delgado en la montaña, que es donde te tapa el forro polar, y más obeso a nivel del mar, donde uno va en bañador y como no te oculte los michelines una inmersión entre las olas…  Aclaro, para quien no haya leído el estudio, que lo de la altitud tiene que ser significativo. Lo apunto, más que nada, para que no se dispare la demanda de áticos…

En fin, a lo que iba. Como te comentaba, hoy no quiero hablarte de engordar, sino de no discutir. En plan post fresco, de verano.

A eso de no discutir es a lo que algunos apelan cuando dicen que por la paz, un Avemaría.

Otros aconsejan matemáticamente armarse de paciencia y contar hasta cien… Y otros más aplican estrategias diversas: como dos hermanas a las que conocí. Cuando el diálogo subía de tono y se presagiaba tormenta, una decía: -Callemos, Rosario. A lo que respondía la aludida: –Callemos, Andresa. Y no había más que hablar.

Habrás leído -y es con lo que quiero que te quedes en este post“Sé selectivo en tus batallas. A veces tener paz es mejor que tener la razón”.

¡Qué razón tiene!

Nos podemos perder en debates absurdos que se inician con una chispa y pueden acabar en un incendio de enormes proporciones. Y a veces… no recordamos ni cómo -o por qué- empezó la cosa.

Normalmente nos cuesta dar el brazo a torcer. Ese orgullo…

En cualquier caso, la mejor batalla para todos suele ser la que no se inicia. De ahí eso de que es mejor un mal arreglo que un buen pleito; o la conocida maldición de “pleitos tengas y los ganes” aplicable a todo el mundo -salvo a los abogados; siempre hay una excepción-.

Esto de no pelear afecta también al ámbito más propio, más interno. Eso sí, en su justa medida: es importante quererse un poco a uno mismo –aun tensionándose para mejorar- y buscar y lograr la siempre necesaria paz interior.

Lo de no reñir es especialmente relevante en la convivencia familiar. Es en lo menudo, en lo doméstico, en la confianza, donde a veces suelen surgir conflictos. Que no merecen la pena. Nunca mejor dicho… Conviene intentar “empatizar” con el próximo (léelo con x o j); ponerse en sus zapatos… El día ha sido largo, las tensiones, los chavales, el cansancio o las preocupaciones acumuladas hacen mella…

Digo empatizar, que no es eso del chiste –entiéndelo así, jocosamente- en el que un padre, con la vista puesta en lontananza, dice a su primogénito: -Hijo mío, tu abuelo se la dio a tu abuela, tu padre a tu madre y tú un día se la darás a tu mujer. Y el hijo dice: -¿Qué es, papá? -La razón, chaval, la razón. (Seguro que mi cónyuge conoce el mismo chiste pero con protagonistas del otro sexo…).

Estamos empeñados en tener razón. Lo decía el alemán Goethe: “Somos todos tan limitados que creemos siempre tener razón”.

Queremos decir la primera y, sobre todo, la última palabra. Pasaba en casa de mis padres y pasa en la que hoy es mía. Siempre hay uno de los dos cónyuges (adivina quién) que dice esa última palabra. Y suele estar muy bien dicha, además.

Imagino que ya sabes cuál es: “Sí, cariño, como digas”.

¿A que tengo razón? Porque… no querrás discutir, ¿no?

Del blog Dame tres minutos de nuestro amigo José Iribas, al que puedes entrar pinchando en el enlace.