[2a Meditación Novena Inmaculada] – La que no tiene pecado, el segundo Sí.

El dogma de la Inmaculada Concepción nos recuerda que María, ante la insinuación malévola del mal, supo decir siempre que No que es un gran Si: no tengas la cobardía de ser valiente, huye.

Hay quien está hoy en nuestra Novena que puede pensar: Madre, que no se cree que se puede vivir todos los días en Gracia y me gustaría contarle al oído a esa persona una historia de una persona como ella. Una historia de una mujer que ha recorrido las mismas calles que todos los días recorremos cada uno de nosotros.

La historia de esta mujer comienza hace ya muchos años pero lo que a nosotros nos interesa se desarrolla en un 20 de junio hace ya unos años. Ella lleva años luchando con una enfermedad que le ha llevado a ofrecer uno de sus mayores sacrificios: no poder ir a la boda de su hijo. Ese día, ese 20 de junio, es uno de los últimos días que puede pasear por los pasillos del hospital y, entre suspiros, se le escapa –como si estuviera haciendo un breve examen de conciencia–: Gracias, Señor, porque no recuerdo haber cometido nunca un pecado grave.

Te puedo asegurar, ahora que ella esta con nuestra Señora en el Cielo, que esa mujer acudía todas las semanas a la confesión pidiendo la ayuda del Cielo y que no había día que no se acordará de la Madre del Cielo.

No es el único ejemplo. Francisco, uno de los videntes de Fátima, le dijo a su prima Lucía: me agradó mucho ver al Ángel, pero me gustó mucho más ver a Nuestra Señora. Lo que más me agradó fue ver a Nuestro Señor en aquella luz que Nuestra Señora nos metió dentro del pecho. ¡Dios me complace tanto! ¡Pero está tan triste, por causa de tantos pecados! Nosotros nunca cometeremos ninguno.

¿Qué no puedes?, pues si sigues pensando que no puedes te voy a recordar dos consejos por si andas algo perdida. El primero es pedir ayuda ya que Jesús no regaña sino que perdona y Jesús nos ayuda a través de, como recordábamos en el Black Friday, losMen in Black. Unos hombres, como tú y como yo, pero que han recibido una Gracia, un don, la de ayudarte. Hace apenas unos días venía una persona y me preguntaba, ¿Además de perdonarme me va a ayudar, verdad?

Es que una vez fui a hablar con un cura y me dijo que aquello no era pecado y luego fui a otro y me dijo todo lo contrario. Los curas es que no se aclaran. Mira tú puedes haber tenido una mala experiencia de haberte quedado desconcertada por una de esas situaciones sin embargo si tuviera que hacer una encuesta entre las personas que habitualmente se confiesan la respuesta es la alegría del encuentro con el perdón, con la misericordia.

Ella es una mujer joven profesional. Tienes dos hijos y ese año le toca hacer la primera comunión al mayor de los dos y claro se le planteo el dilema que voy hacer yo porque llevo varios años sin confesarme. Un domingo en el que lleva a los niños a Misa se decide a ir al confesionario. Ella fue la última en pasar porque, como ella cuenta, estaba tan nerviosa que no se atrevía a dar el paso. Al final se lanza y entra en el confesionario y entonces le suelta al cura: Padre, llevo varios años sin confesarme. Y el sacerdote, como todos, le dice: Bienvenida. Y entonces empecé a hablar y no me detenía. Decía tantas cosas que no me detuve a pensar si eran pecados o no pero, como ella misma dice, eran cosas que me lastimaban, no me dejaban en paz. Al terminar el sacerdote le dijo: ¿Verdad que no es lo mismo venir a contárselo a Dios?

Un consejo para estos días, ¿Quieres hacerle un regalo?, que hagas la mejor confesión de tu vida.

No se me ha olvidado que tengo que darte el segundo consejo por si sigues pensando que es imposible vivir en Gracia. Este consejo te lo voy a dar con San Josemaria: antes no podías, has acudido a la Señora y con ella que fácil; ¿Cómo son tus avemarías y las mías?, ¿Y tus miradas a la imagen de tu habitación?, mira puede que en la respuestas a estas preguntas este el secreto de no volver a ofender al Amor de tus Amores.

Si yo fuera leproso, mi madre me abrazaría. Sin miedo ni reparo alguno, me besaría las llagas.—Pues, ¿y la Virgen Santísima? Al sentir que tenemos lepra, que estamos llagados, hemos de gritar: ¡Madre! Y la protección de nuestra Madre es como un beso en las heridas, que nos alcanza la curación.

Grita, porque hay que hacerlo de ese modo muchas veces en la vida, Madre, Madre, mía.