A ti, ¿quién te corrige?

¡¿A mí?! Nadie, por supuesto…

Esto es lo que pensaríamos de primeras. Al fin y al cabo, ya somos gente madura, tenemos las ideas claras y hemos tomado un camino en la vida. Ahora bien, ¿eso quiere decir que no hacemos nada mal? ¿Somos perfectos? Supongo que no estamos en condiciones de responder afirmativamente.

El hecho es que en realidad nadie es perfecto. Nos necesitamos los unos a los otros. Esto, más que algo malo, es una verdad muy hermosa. Si no fuese así, no existiría la ayuda, la bondad, la paternidad o maternidad, la amistad… ¡las relaciones humanas en definitiva! Por eso, es algo muy bello examinar de vez en cuando gracias a quién soy lo que soy.

Esto humanamente es bonito, pero si contamos con la fe llegamos a niveles insospechados… Gracias a Dios, de la nada he pasado a ser, gracias a Él soy capaz de vivir, ¡de amar! (Y mil cosas que podemos ir descubriendo). Por eso se dice que la virtud más importante para la fe es la humildad, que al final es reconocer que somos limitados, que necesitamos a Dios y a los demás.

Debemos tener en cuenta esta consideración en nuestro vivir y actuar. No podemos pensar que somos autónomos, que nos valemos a nosotros mismos. La autosuficiencia es un engaño. Por ello es preciso que a lo largo de nuestra vida contemos con personas que puedan aconsejarnos e incluso corregirnos. Los mejores para esto son los amigos, quienes más nos conocen. A veces da corte decir las cosas, pero no podemos dejar de ser sinceros con ellos.

Para la relación con Dios, muchos cristianos de todos los siglos han contado con un director espiritual. Aunque sea algo muy personal, también hay un peligro de confusión que puede salvarse si contamos con ayuda de alguien más experimentado. Normalmente es un sacerdote o un religioso o religiosa, pero puede ser un amigo o cualquier laico.

Dejemos que nos corrijan, contemos con gente a nuestro alrededor que pueda hacerlo.