¿Por qué no me dedico más a Dios si es lo que quiero?

Os dejo un interesante artículo de Aleteia que nos vendrá bien para no olvidar que Dios está a nuestro lado siempre y que le importo y mucho, a pesar de nuestras miserias.

Dios me ha creado por amor y para el amor. Ha sembrado en mi alma una semilla de eternidad. Ha despertado deseos de infinito que no controlo. Me ha regalado un alma grande y profunda que puede volverse mustia y desierta si no dejo que Dios la cuide.

Mis deseos grandes pueden tornarse pequeños si no dejo que Dios riegue lo que ha sembrado. Lo sé, sin la presencia de Dios en mi interior nada florece. Entonces, ¿por qué me resulta tan difícil cuidar la intimidad con Jesús?

Siempre me impresionan las palabras de Moisés: “Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras viváis; así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Escucha, Israel: – El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria”.

Cumplir los mandamientos es consecuencia del amor. Un corazón que ama está dispuesto a todo por hacer feliz a la persona amada. Si amo a Dios sólo querré vivir como Él me pide que viva. Pero pretender amarlo con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi ser me parece imposible.

Hoy Jesús lo confirma: “Respondió Jesús: – El primero es: – Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: – Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”.

Tengo mi corazón roto por el pecado. En él surgen miedos e inseguridades, deseos y pasiones que no controlo. Quiero hacer el bien y acabo cayendo en el mal. Busco mirar con pureza de corazón y la rabia y la impureza se imponen en mi interior.

De mi interior salen tantos pecados. Tanta ira y tanta rabia. Tanto desorden y tanta desgana. No puedo controlar ciertas pulsiones. Y no acabo de ser el rey de mi alma. ¿Cómo amar a Dios con todo mi corazón cuando tantas partes de este están atadas?

Comenta el padre José Kentenich: “Contemplen su vida personal y pregúntense si Dios y el amor a Dios es realmente la motivación central de todas sus acciones. Aun cuando digan que sí, les digo que no creo que conozcan muchas personas esforzadas que puedan decir con seguridad: – En mi vida el amor es la motivación central”[1].

Mis esclavitudes me pesan demasiado. Tengo miedo de darme, de amar. De entregarle a Dios todo lo que soy y tengo. Me asusta la gratuidad.

No me importa amar a ese Dios cuando Él me ama. Pero me resulta mucho más difícil, casi imposible, amarlo cuando permite el mal en mi vida. O simplemente cuando no noto sus caricias y abrazos. Y creo que estoy solo en medio de mi camino. Cuando no oigo su voz.

¿Cómo amarlo entonces con todo lo que yo soy? Me siento pequeño e incapaz.

Comenta el Padre Kentenich: “El amor filial purificado y perfecto ama a Dios por Dios mismo. El yo retrocede y Dios es quien ocupa el primer plano[2].

Pero ¿cómo amar filialmente de forma perfecta? El corazón tiembla. Quisiera amar siempre a Dios así, como un niño inocente y sencillo. Pero no sé hacerlo.

No sé confiar con inocencia en ese Dios que me llama, que me ama, que sólo quiere estar conmigo. Tengo tantas otras prioridades en mi vida…

¿Qué me quita la paz? ¿Dónde descanso de verdad?

Muchas veces no es en la oración, ni en la eucaristía, ni tampoco en el silencio de mi alma. Busco el ruido, me distraigo, necesito diversión, conversaciones, aficiones.

Y resuena en mi interior su deseo: amarlo con todo mi corazón, con toda mi alma. Pero si estoy dividido por dentro. ¿Cómo puedo llegar a confiar en ese Dios al que no toco, al que no veo? Me ama. Pero no lo siento como el abrazo de los hombres que sí calma algo mis ansiedades.

Decía el Padre Kentenich: “El amor de benevolencia ama a Dios por sí mismo. Aquí en la tierra no es posible vivir el amor de benevolencia en su grado máximo. En nuestro amor terreno, aun cuando sea sobrenatural e inspirado por Dios, siempre se mezcla una gota de amor de concupiscencia. Hay que saberlo y repetirlo para no inquietarse inútilmente[3].

Mi amor a Dios no es tan pleno como deseo. No logro amar de esa forma plena que Dios me pide. Me busco a mí mismo cuando amo. Me apego a la tierra y no logro amar a Dios en todo lo que hago.

Me gustaría ser más libre. Estar más vacío. Que su amor mismo penetrara en mi interior y me hiciera tender a las alturas.

Me gustaría emocionarme cada día al partir el pan. Vibrar con su amor al hacer silencio. Encontrarme dentro de su corazón de Padre al meditar su Palabra. Orar intensamente sin descanso.

¡Qué lejos estoy! Trato de guardar silencio para que se calme el alma. No lo logro. Muchos ruidos interiores me quitan la paz.

Hoy Jesús me repite que lo más importante es amar a Dios sobre todas las cosas. Amarlo con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi ser.

Amarlo rompiendo las fronteras que me aíslan en mi interior. Amarlo con mis límites sabiendo que sólo Dios es capaz de romper mis barreras humanas.

Amarlo en todo lo que hago, no dejándolo fuera de nada. Porque nada de lo humano le es ajeno a Dios. Porque Dios me redime en mi carne, en mi miseria. Y nada queda fuera. Nada guardo lejos de su mirada.

Porque todo lo mío le interesa. Porque me ama en mi verdad más escondida. Lo que no es redimido, no es salvado.