NUNCA MORIRÁS, ¡eres eterno!

Hablemos claro: moriremos, algún día u otro moriremos. Da vértigo pensarlo… ¿Qué será de mí? ¿Existe el Cielo o es solo una excusa o un “consuelo” para mi temor?

El Señor es muy sabio y un gran pedagogo, lo ha hecho todo muy bien (Gn 1, 31). Y su Criatura predilecta está hecha a Su imagen y semejanza, es decir, que en nosotros tenemos ese deseo de eternidad, ese deseo de Dios. San Agustín lo decía: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Y es verdad. Nos desespera pensar en la nada porque no estamos hecha para eso. Heidegger declaraba: “Somos seres para la muerte”, pero todo lo contrario, somos seres para la Vida, ¡claro que sí! ¿Qué sinsentido sería vivir, no? ¡Qué absurdo!

Estamos hechos para el Señor, es así. Miremos nuestra propia vida, ¿qué nos dice nuestro corazón? ¿Cuál es nuestro anhelo más profundo? Siempre queremos más, tenemos sed de infinito, sed de eternidad. Lewis decía «El hecho de que nuestro corazón anhele algo que la tierra no puede darnos es prueba de que el cielo debe ser nuestro hogar». 

El sacerdote Pablo Domínguez aseguraba que la muerte es solo una puerta, una puerta que Cristo también ha cruzado, y que lo importante es lo que hay detrás. El miedo a la muerte y la duda sobre el Cielo es normal, súper normal, pero Jesús volvió para contárnoslo, sigue vivo! ¡Dios está vivo! ¿Cómo no desear ir un día al Cielo con el Amor de los amores? El Señor bajó a anunciarnos el Cielo, a recordarnos que estamos hechos para Él, para la mayor felicidad, el mayor amor, ¡de verdad! ¿Cuántas veces Jesús nos lo expresa en el Evangelio? “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a preparaos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, también estéis vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino” (Jn 14, 1-4). Y como esta, muchas citas más.

De hecho, san Pablo en la carta a los Filipenses dice: “En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde anhelamos recibir al Salvador, el Señor Jesucristo. ” ¡Qué fuerte! ¡Qué regalo! Mi casa es el Cielo, es la eternidad! Estamos hechos para el Cielo, para la eternidad, el Señor nos redimió y desde entonces, nacemos para no morir nunca. “Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia” (Flp 1, 21). 

Muchos nos suelen decir que creemos en el Cielo porque es un consuelo, porque ayuda, y ¡claro que es un consuelo! Más faltaría… Pero es que es lógico, si el Señor nos ha hecho y somos suyos, ¿qué queríamos? Es un consuelo enorme ser cristiano, gracias a Dios, pero no porque exista el Cielo, sino porque toda nuestra vida es la respuesta a una llamada de amor continua. Es una realidad amada, muy amada en todas las realidades posibles.

¿Cómo nos imaginamos el Cielo? ¿Cómo creéis que será? Yo creo que el Cielo es habitar eternamente en el Corazón de Cristo, es habitar en la Santísima Trinidad, así. ¡Qué fuerte! Solo hay amor, caridad, exclusivamente. Ya no hay fe, ya no hay esperanza, solo hay el amor de Dios en plenitud, eterno. Saciados eternamente, el Amor con el amado para siempre. 

Estos días, especialmente, agradezcamos mucho al Señor que nos cuide tanto y tengamos más en mente la realidad más verdadera y esforcémonos en atesorar tesoros para el Cielo, ¡vale la pena!