¿Vivir como hermano y hermana? Divorciados vueltos a casar.

Te dejamos la historia de Patrizia.

Quiero dar testimonio de lo bueno que es el Señor con nosotros. Él desea salvarnos de los verdaderos peligros de los que nosotros, frecuentemente, ni nos percatamos, porque “ni muerte, ni vida (…), podrán separarnos del amor de Dios que es Cristo Jesús” (Rom 8,38-39). Escribo también en nombre de mi marido Francisco. Cuando conocí a Francisco sabía que estaba divorciado, pero ¡nos enamoramos! Cuando decidimos casarnos nos informamos de la posibilidad de solicitar la nulidad de su anterior matrimonio. Nos propusieron declarar que su matrimonio había sido contraído con la intención tácita de no tener hijos –lo que no era verdad–, pero sabíamos que, si era posible engañar a los hombres, no lo era con Dios. Decidimos, pues, continuar muestra vida encerrando al Señor “en un cajón”.

¡Cuánto me duele ahora decir esto!, pero creíamos en “un Señor” que no tenía por qué entrar en todos los ámbitos de nuestra vida. Asistíamos a la santa Misa pero sin acercarnos a los sacramentos. ¡Pero esto no es Jesús! Nos casamos en el ayuntamiento y a los tres años nació nuestro primer hijo; pero las cosas entre nosotros no iban bien, sobre todo por presiones externas. Recuerdo haber-me propuesto continuar adelante con este matrimonio por el bien del niño, pese a los sufrimientos diarios. Pensaba en mi interior que son muchas las madres que viven sólo para el bien de sus hijos. Este fue un pensamiento sólo mío, pero el Señor escuchó mi grito silencioso, aunque no estaba dirigido a Él.

Poco después de esta decisión mía conocimos a una señora sencilla, pero con una gran fe. Inesperadamente nos dijo: “la Madre del cielo os lleva en brazos”; y estas pocas palabras fueron un rayo de luz que penetraron en lo más hondo. Desde entonces comenzamos a percibir, primero la belleza de la Madre celestial, y a continuación de Jesús. Me sentí, desde entonces, hija, amada por un Amor personal y gratuito, buscada sin que hubiera pedido ayuda, envuelta de ternura. Poco a poco se abría ante nosotros un camino que nos hizo conocer la paz, la belleza y la ternura de Dios. A la vez comenzamos el proceso para la nulidad del matrimonio de Francisco, permaneciendo en la verdad.

¡Nos encontrábamos tan bien, nos parecía estar volando! Pero echá-bamos tanto de menos poder recibir la Santa Comunión. Con mucha paciencia los hermanos de la comunidad a la que asistíamos nos hicieron comprender que la nuestra era una situación “no en gracia de Dios”. Ciertamente ya lo sabíamos, pero os aseguro que el mundo nubla tanto la vista con el acostumbrado “basta que os améis…” que ya no se percibe el pecado. Pero el Señor tiene un camino de salvación para todos nosotros. Comenzamos a buscar diferentes sacerdotes para obtener una especie de “dispensa” para comulgar; ¡buscábamos una escapa-toria!

Hasta que la gracia de Dios hizo que encontráramos a un hermano que nos propuso LA CASTIDAD, es decir, vivir como hermano y hermana, cuidando de nuestros hijos. Nos dijo que esto era posible por la gracia de Dios. Yo, por entonces, estaba esperando al segundo niño. La propuesta no nos entu-siasmó de ninguna manera. Hasta ese momento notábamos al Señor cercano, pero entonces hubo (por parte de Dios) un gran silencio, el silencio del respeto de nuestra libertad.

Pensamos esperar a la nulidad del matrimonio. ¡La Iglesia nos pedía (con la abstinencia) demasiado y exigía un sacrificio imposible! Para nuestras fuerzas eso era irrealizable; éramos jóvenes y estábamos enamorados y no lográ-bamos aceptar este sacrificio humanamente impracticable. Pero el Señor nunca pide nada sin darnos la gracia para poder realizarlo; y quiere, además, que se Lo ponga siempre en el primer puesto. Rezamos y, cogiéndonos la mano, decidimos fiarnos de Dios y vivir como hermano y hermana.

Habíamos oído que las causas en la Sagrada Rota habían sido agili-zadas y esto nos animaba. (Esperar) acceder a los sacramentos era nuestra fuerza, Jesús era la verdadera paz, las diferencias entre nosotros desaparecieron; nada había cambiado externamente, pero teníamos una armonía nunca antes experi-mentada. “Todo lo puedo en Aquél que me da la fuerza” (Flp 4,13). El Señor había hecho de nosotros una familia porque vivíamos en Su voluntad. Él nos había hecho fuertes, como soldados en la batalla; lo que parecía una montaña infranqueable era (ahora) sólo un pequeño obstáculo, porque Él era y es nuestra fuerza.

Donde abunda la gracia de Dios no faltan, sin embargo, las pruebas y las tentaciones que superar, sobre todo con la oración. El tiempo pasaba y desafortu-nadamente tras muchos años el tribunal declaró la “no nulidad” del matrimonio. ¡Una imprevista ducha fría! ¡Nos sentíamos abandonados! ¿Por qué el Señor, tan tierno, nos había señalado un camino para después negarnos una solución? Mi desilusión era más con Él que con los jueces. ¿Tú abandonas a tu hija tras haberla llevado de la mano? Sólo me fue posible pedir ayuda a la Virgen: “reza Tú por mí, porque yo no soy capaz ni de rezar un Padrenuestro”.

La oración de muchos hermanos nos acompañaba y, pasados unos tres días, comenzamos a recuperarnos. Sólo después supimos que era posible conti-nuar con la causa de nulidad. Nuestra espera no fue de un año, sino de trece. La sentencia de nulidad fue emitida el día del cumpleaños de mi marido: un regalo. Cuando llegó ciertamente nos sentimos contentos, pero sorprendentemente ya no era tan importante: nuestro camino nos hizo comprender que lo importante ya lo teníamos: el tesoro de Jesús, no lo que (Él) puede darnos.

Antes buscábamos su brazo poderoso, pero nuestro sumo bien es Jesús mismo. Nos casamos por fin por la Iglesia con gran alegría, acompañados por los hijos ya crecidos y por los hermanos que habían rezado junto a nosotros. Experi-mentamos que el Matrimonio Cristiano es verdadera unión: antes (de la celebra-ción del sacramento) nos sentíamos en armonía, pero después todo se perfec-cionó, porque “ya no son dos, sino una sola carne” (Mc 10,8).

¡Su Proyecto era más grande que el nuestro! Por mucho que nuestro camino se extravíe Él tiene siempre un proyecto de salvación, como el GPS (perdonad la comparación). Él conoce la meta y encuentra siempre un camino para alcanzarla. “Mira si estoy caminando por el camino de la mentira y guíame por la senda de la verdad” (Sal 139,24). Él nos atrapó “por hambre”, el hambre de Jesús Eucaristía, verdadero Alimento. ¡Gracias, Jesús! Me pregunto cuánto hay de nuestro en esta historia: Él nos buscó primero, Él nos amó primero, Él nos atrajo y nos cortejó, El iluminó nuestro camino, Él nos dio la fuerza. Nuestra parte ha sido sólo un pequeño “sí”, dicho con voz muy tenue.

Patrizia

Fuente: http://www.lanuovabq.it/it/come-fratello-e-sorella-vita-e-dottrina-si-abbracciano

La traducción es nuestra.