“No necesitan médico los sanos”

    • “A ver, ¿quién es el siguiente? La que siempre se pone atrás. Sí, tú. Un paso al frente.”
    • (carraspeo nervioso) “Ehhh… Hola, soy Laisa, soy médico y me gustan los lunes”

    Sí amigos, esa soy yo, con todos mis defectos y virtudes (que alguno habrá, supongo).

    Por azares de la vida comienzo estas líneas en las mismas aulas que me vieron crecer como estudiante de Medicina (seguramente las acabe en el hospital) y no dejo de preguntarme si estos jóvenes que ahora tengo delante se dan cuenta de que la Medicina es mucho más que sueros, medicamentos, pruebas y cirugías. Si somos capaces de transmitirles que los pacientes son personas, no máquinas, y que debajo de cara coraza late un corazón que nos necesita y nos pide ayuda no sólo técnica o meramente médica, sino también humana. Si alguna vez han meditado la profundidad que encierra la enseñanza de Jesús: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” (Mt 9, 12). ¿Y mis compañeros de ejercicio lo han hecho? ¿Y yo misma? ¿Quiénes son los enfermos: los pacientes que tengo delante, su entorno cercano o yo? ¿O todos?

    Todos somos enfermos de alma y cuerpo.

    La Medicina es ciencia (obvio), pero también es duda, incertidumbre y misterio. El misterio en sí mismo de la vida y la muerte. Desde mi lado vemos alegría y risas, vemos suspiros de alivio y también vemos llanto y desesperación. Y miradas interrogativas y suplicantes. “¿Por qué tanto dolor?” “¿Por qué si es tan joven?” “¿Por qué yo?” “¿Por qué Dios permite esto?” “¿Dónde está el Señor ahora?” Estas preguntas nos las hacemos todos, no lo neguéis: somos dudas con patas. Pero, ¿y la respuesta? Alguien que es imprescindible en mi vida (de esas personas que te llenan el corazón, iluminan tu vida y comparten tu camino) puso luz a esta pregunta, aunque en otro contexto: “Sufriendo en ti”…. ¡¡¡SUFRIENDO EN TI!!! Y es verdad.

    Llegados a este punto cabe hacerse alguna pregunta. Soy médico, estudio e investigo para aplicar lo mejor a mis pacientes. Pero, ¿puedo hacer algo más? ¿Se espera de mí algo más que fríos tecnicismos y explicaciones sobre esta o aquella patología o tratamiento? La respuesta es sí: ἐμπαθής, empatía. Ponerse en el lugar del otro, acompañar de manera cercana pero también profesional ofreciendo el apoyo que esas miradas buscan (y por desgracia a veces no encuentran). Nuestros pacientes son seres humanos cuyas enfermedades tienen efectos no solo en ellos sino también en su entorno, y cuidarles de manera integral incluye la valoración de todas las esferas de la vida. Y también es responsabilidad nuestra porque veo cómo una palabra de aliento puede ser un complemento a mil explicaciones. Veo cómo se cumple aquella máxima del Padre Pio que se ha convertido en lema y que intento transmitir: “De nada sirven tus medicinas si no llevas una sonrisa y una caricia a la cama del enfermo”.

    El tiempo y mi labor me han hecho consciente de lo que interiormente siempre he sabido: Dios está en todos los sitios y actúa en todo momento aprovechando cualquier circunstancia por dura que sea, incluso cuando nos negamos a verle y oírle en medio del sufrimiento, la debilidad y el corazón roto. Si hacemos un stop en nuestras prisas diarias, seguro que le sentimos y le escuchamos, aún en el silencio. Pero debemos estar alerta. ¿Acaso no está sosteniendo a esa madre y a esos hijos y esposo que se despiden con amor y dolor? Como aquella mujer, sí, aquella con la que lloré hasta que no me quedaron lágrimas y en la que pienso tantas veces. ¿No está acompañando en el dolor y la angustia? ¿Sólo está cuando las cosas van bien y hay alegría? Eso sí sería tremendamente injusto. Y Dios es justo y misericordioso. ¿No será entonces que el Señor está hablándonos en todo esto? Y voy más allá ¿no estará Dios hablándome a mí, en mi poquedad, a través de los pacientes? Ver a Cristo en el rostro sufriente del enfermo y ser consciente de que “En todo pobre está Jesús agonizante; en todo enfermo está Jesús sufriente; en todo enfermo pobre está Jesús dos veces presente” (como decía el Padre Pío) me ha ayudado no sólo a estar más cerca de mis pacientes y a esforzarme más en mi tarea (Mt 25, 40), sino también a querer estar más cerca de Él.

    Laisa S. Briongos Figuero