La fuerza de la fe

Cuántas veces nos hemos quejado de que el ambiente no nos favorece para vivir o alimentar nuestra fe y, por este motivo, incluso hemos caído en la tibieza o nos hemos apartado de Dios.

Hoy os traigo un testimonio recogido en Almudi de un sacerdote chino que ha crecido viviendo su fe en clandestinidad y que ha tenido que celebrar su primera Misa a las cuatro de la mañana sin su familia. En occidente es el padre Santiago:

«El Señor siempre nos guía en este camino de la fe. Cuando pequeño aprendí a rezar. La oración es un alimento muy necesario. Mi abuelo tuvo que vivir durante treinta años sin sacramentos: solo la oración lo sostuvo. Mis padres también vivían de la fe: rezaban una hora dos veces cada día», explica.

Y detalla que en el pequeño pueblo de donde proviene, desde los cinco o seis años los niños se unen a sus padres para rezar de rodillas, también en los inviernos con temperaturas bajo cero.

«Cuando llovía rezábamos dentro de la casa, como una Iglesia doméstica», prosigue.

«Los domingos es el día del Señor. Se deja el trabajo en el campo. Yo me iba caminando cinco, seis, nueve kilómetros para asistir a Misa. Allá no contamos con misas diarias, pues un sacerdote tiene a su cargo unos sesenta pueblos. Para mí siempre ha sido natural ir a Misa y puedo decir que no he faltado ni una sola vez a Misa en domingo», comenta. Y agrega: «El domingo está dedicado al Señor mañana, tarde y noche. Vale la pena rezar para poder conocer mejor nuestra fe».

«A los quince años sentí la llamada del Señor. Estuve ocho años en el seminario y solo tengo recuerdos de alegría y agradecimiento. Los seminaristas vivíamos en una casa de tres habitaciones: una para el Señor; otra para el sacerdote, y la tercera para nosotros, que éramos dieciséis. Nos hacíamos la comida, limpiábamos, lavábamos, y todo con gran alegría».

Él pertenece a una familia de seis hermanos, pero como la República Popular China durante años obligó por ley a tener un solo hijo por familia, sus padres muchas veces debieron vivir separados de ellos, escondidos de la policía. Dice que debían vivir solos, amparados por la fe.

«Me sorprendió conversar con una sobrina de trece años. Cuando mi padre ya había muerto, le pregunté si estaba triste por el abuelo. Me respondió: “No, porque hemos rezado tanto por él que, como buenos cristianos, sabemos que ahora lo más seguro es que esté en el Cielo. Debemos estar alegres”».

El Padre Santiago enfatiza: «Esa es la fe que se debe trasmitir de generación en generación. Es una tradición santa».

El artículo íntegro lo puedes leer en https://www.almudi.org/index.php?option=com_content&view=article&id=12534:no-es-noticia&catid=26:noticias