¿Qué le regalarías a un cura?

Ha pasado la Navidad, los Reyes, los regalos… y, no sé si por ser seminarista, muchos amigos me han preguntado estos días qué podían regalar o bien a otros seminaristas o bien a sus párrocos o sacerdotes conocidos. ¡Vaya dilema!

La respuesta para todos ha sido la misma: lo que le regalarías a cualquier amigo. Y es que a veces se nos mete en la cabeza que un cura es un ser raro, que vive como en “otro mundo”, que hace cosas que la mayoría de humanos no hacen o hacen de otro modo… cuando para nada es así. ¡Y viene bien caer en la cuenta!

Los curas -como todos- tienen, por ejemplo, sus aficiones. A unos pueden gustarle el fútbol, a otros tomar un buen whisky en celebraciones especiales, a otros la música, coleccionar belenes (sí, igual que mi padre colecciona sellos!), la lectura, la montaña… incluso esos “superhombres” también pasan frío y les gusta llevar guantes o bufanda… o tener una estufa en su cuarto.

Quizá sólo hay una diferencia y es que un sacerdote que vive la pobreza no necesita ni tener mucho de lo mismo ni lo mejor dentro de esa categoría. En el baño quizá no necesita tener 3 colonias distintas, ni en el armario una pala de padel de 280€, porque posiblemente pueda jugar igual con una de 60€. Quizá tampoco necesite tener un muestrario con las camisetas que ha lucido su equipo en las últimas 5 temporadas… Ni, por cierto, una colección inhumana de vírgenes, cristos y rosarios (salvo que, precisamente, esas sean sus aficiones, que para todo hay).

Como habréis visto, o al menos es lo que he intentado, en el post de hoy no he pretendido tanto dar una lista de regalos para curas, sino más bien hacer caer en la cuenta -especialmente a aquellos que se plantean su vocación-, de que ser cura hoy es ser alguien “normal”, que en su día a día no sólo da la vida por el Evangelio y los demás sino que precisamente la da de modo “normal”, que hace cosas normales y que también sus gustos son “normales” independientemente de que Dios llame tras pasar parte de la juventud en la parroquia, en la cofradía o en la calle haciendo botellón con los amigos.