Adviento: una espera en camino. ¿Qué regalo llevarás a Belén?

Saliendo a pasear por las calles ya vemos que la Navidad se acerca. Las luces navideñas ya están puestas, las tiendas y los centros comerciales ya empiezan a hacer sus ofertas para captar nuestra atención, las típicas flores de Pascua ya adornan muchas vías… y todo con un sentido: regala a tus seres queridos en nombre de un “espíritu navideño”. ¡Menuda campaña de marketing! Pero no nos engañemos. Buscar regalos para nuestros seres queridos está bien, pero cargar día a día el saco con regalos para Quien es importante, por Aquel que da sentido a la celebración de estos días, esas luces, adornos…, está mucho mejor.

Así, acrecentemos en estos días la oración, la limosna, las buenas obras, y, sobre todo, el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene. Si falla esto, nos habremos dejado cegar por el destello del espíritu vacío de la navidad para no celebrar la Navidad. Las luces serán un parpadeo que se apagarán, pues no estarán alimentadas con la luz de la oración, de la limosna y de las buenas obras, y nuestro deseo de salir al encuentro será débil, tanto que se apagará. Pero si lo tenemos, será grande, podremos caminar a Belén cargados y cargándonos con estos regalos para depositarlos ante el Niño Dios. Esas luces anunciarán que Dios está en nuestra vida, serán estrellas fulgentes brillando en la paz de una noche que murmura esperanzas cumpliéndose ya.

¿Qué regalos, por tanto, le vamos a llevar al Niño a Belén? Gran pregunta para hacernos al comienzo de este tiempo de Adviento. Es importante contestarla bien, pues de su respuesta dependerá como vivimos este tiempo. Es un tiempo de espera del Señor, pero también es una espera activa, pues hemos de cargarnos de regalos para llevarle, para depositarlos a sus pies.

Pero el regalo es Él, Aquel por quien hemos estado clamando. Nosotros no nos podemos salvar a nosotros mismos, no nos podemos iluminar. El hombre, por sí solo, anda perdido. Busca a Dios, anhela a Dios, clama a Dios. ¡Ven, Señor! El mundo, el hombre, dormido y caminando en tinieblas, no ha sido abandonado por Dios. En su amor, ha querido ayudarlo viniendo a la tierra, haciéndose uno de nosotros, para mostrarnos el camino de la salvación, y para iluminarlo. Ese camino es el del servicio generoso y desprendido a todos, el del amor. Ese es el regalo de Dios.

Dios se inserta en el tiempo y en la historia humana: la historia se convierte en el lugar donde podemos constatar la acción de Dios en favor de la humanidad. Lo que ilumina y da sentido pleno a la historia del mundo y del hombre comienza a brillar en la cueva de Belén. En Jesús de Nazaret, Dios muestra su rostro y le pide al hombre la decisión de reconocerlo y seguirlo. La revelación de Dios en la historia, para entrar en una relación de diálogo de amor con el hombre, le da un nuevo significado a la entera experiencia humana. La historia ya no es una simple sucesión de siglos, años, días… sino el tiempo de una presencia que da pleno sentido y le abre a una esperanza sólida.

Así, a este regalazo de Dios en Belén, ¿qué regalo le vamos a llevar? El mejor regalo que le podemos ofrecer al Niño es nuestro corazón adornado de buenas obras, oración, limosnas… Que las luces, los anuncios, los turrones, las palabras vacías de algunas felicitaciones no nos aparten de la luz que brilló en Belén para alumbrar el camino del hombre, de cad

a hombre, y enseñarle cómo caminar hacia su verdadera patria: el cielo.