Todos somos uno con el dolor de Barcelona

El atentado de Barcelona de este 17 de agosto de 2017, nos deja un poco rotos por dentro, pero NO por eso SOMOS PERSONAS TRISTES.

En Las Ramblas de esta ciudad cosmopolita, donde hay tanto turismo, Barcelona es golpeada por el odio, con varios fallecidos y decenas de heridos. ¿Qué conclusiones se pueden sacar de aquí? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento? Si Dios es todopoderoso, ¿por qué no evita estos horrores?

Vamos a ir desgranando el dilema del dolor.

Primero, todo lo que ocurre en nuestra historia personal y colectiva tiene una lección para que aprendamos.

Segundo, el sufrimiento, que nos llega sin que podamos evitarlo, que no depende de ti mismo, nos abre la oportunidad de tocar nuestra debilidad y acoger la vulnerabilidad de quienes nos rodean, nos humaniza y hace sensibles. En cuanto al sentido cristiano del sufrimiento, el dolor que nos causa nos acerca a Dios, así nos va perfeccionando, pues sin Él nada podemos.

A la pregunta de si Dios es todopoderoso, ¿por qué no evita estos horrores?, hemos de tener presente que Dios no hace ningún mal a nadie. Si no que tan solo lo permite, que es distinto que querer. El ser humano hace el mal porque es libre, si no existiera la libertad no habría pecado, pero tampoco la capacidad de escogerle a Él y hacer el bien, estaríamos “programados” para actuar de determinada manera.

En cambio, nos sigue dando oportunidades para que nos decidamos a realizar su plan de felicidad pensado para nosotros. Cuando Dios respeta al máximo nuestra libertad está asumiendo nuestras meteduras de pata, y de incluso lo negativo, lo transforma para sacar algo mucho más bueno.

Así que tras este horror, todo ello provoque en la mente y corazón de cada uno, una revolución de la Paz: de valorar la vida, de dar amor con los pequeños detalles diarios, para que no nos pille desprevenidos la muerte y nos marchemos vacíos, de tener un estilo de vida solidario todo el año, de rezar todos los días desde el corazón, romper la cadena del revanchismo y creerme el ombligo del mundo, para abrirme a la gracia y dejarle hacer a Dios en mi vida, ayudándome a perdonar y frenar el mal con abundancia de pequeños detalles de bien.

Igual que el humo del incienso se eleva hacia el cielo, unidos elevemos nuestras oraciones por la paz hacia Dios, Padre de todos.