La revolución de los despertadores

Este es uno de esos post que requieren poner en práctica ya. No os preocupéis, no va de que nos tenemos que levantar pronto, ir siempre a la hora, la puntualidad y otros imprescindibles; sino que este post trata de vivir la práctica del momento presente al máximo, de vivir despiertos aquí y ahora, pero despiertos ¿a qué? Despiertos constantemente a la presencia de Dios. 

Los cristianos tenemos el enorme regalo de tener a Dios siempre a nuestro lado, siempre siempre, por lo que no hace falta estar en una capilla para rezar, sino más bien, podemos estar con el Señor todo el día, a todas horas; podemos comentarLe cualquier cosa a cualquier hora del día, ¿es o no es un chollo? Pues bien, a pesar de tooodas las facilidades que tenemos, muchas veces vivimos como dormidos, como a medias, nos cuesta estar con el Señor, parece que nos olvidamos de Él fácilmente.

Para remediarlo os proponemos utilizar despertadores ¿Qué? Sí, sí, pero no la alarma del móvil o cualquier otro despertador, sino que cada uno elija alguna cosa, por ejemplo, un número, un objeto, un acontecimiento… y cada vez que lo veáis o que suceda pues recitar una jaculatoria, rezar un Ave María, una comunión espiritual… de esta manera, cada vez que veamos un despertador nos pondremos otra vez en presencia de Dios.

Os pondré un ejemplo por si aún tenéis dudas o no me he explicado bien. El sacerdote que nos propuso vivir esta nueva práctica nos contó que cada vez que veía el número 10, fuese donde fuese, ya fuera un número de una casa, el número del bus, el número de una página, en un calendario… él rezaba una comunión espiritual. De esta manera, iba por la calle y de repente veía el número 10 y se volvía a poner en presencia de Dios.

¡Vivir así es un privilegio! ¡Es vivir constantemente con Cristo vivo, vivir con Él! Creo que ya es hora de que despertemos, de que nos demos cuenta del privilegio que tenemos y de que estamos aquí para amar y ser amados, para amar al Señor sobre todas las cosas y no olvidarnos que Él no nos deja nunca, aunque queramos. Que los despertadores no dejen de sonar, no dejen de recordarnos para qué estamos aquí. ¡Ánimo! ¡Qué afortunados somos!