¡El Papa me sonrió!

    Mi abuela me preguntó qué iba a hacer en Roma durante la Semana Santa y yo, ni corta ni perezosa, le dije que iba a ver al Papa, por si quería que le dijera algo de su parte. Ella, riendo, me pidió que le diese recuerdos, ¡y vaya si lo hice!
    Ya han pasado casi dos semanas y aún lo revivo en mi cabeza como si hubiese sido ayer. Aunque mi sensación temporal no va muy bien, porque la sonrisa que me dedicó el Papa no duró ni diez segundos, a mí se me hizo eterna.
    El Papa me dedicó una sonrisa. Bueno, a mí no, a mis abuelos. Francisco les dedicó una sonrisa a mis abuelos. ¿Por qué el Papa sonrió a mis abuelos?

    Preparé un cartel con la frase “MIS ABUELOS LE MANDAN SALUDOS Y REZAN POR USTED” y pegué una foto de ellos. Debo confesar que me invadieron las dudas de “para qué lo llevo si el Papa no lo va a ver entre tanta gente”, “va a estar demasiado acostumbrado a carteles de este estilo”, y la peor, “total, si les digo a mis abuelos que lo ha leído aunque no lo haya hecho, ni se enterarán”. Pero me lo llevé.
    Me tomé esto como un reto. De hecho, mis amigas, que venían también al viaje, tenían cada una su propia misión complementaria. Una de ellas debía grabar cuando el Papa pasase con el papamóvil para capturar su reacción, otra tenía que guardarnos un buen sitio cerca de las vallas y el resto se encargaba de gritar para que nos mirase.
    Después de la Misa de Domingo de Ramos en la Plaza de San Pedro, el Papa se subió al papamóvil. Volvieron a invadirme las dudas. Mi mayor miedo (si se le puede llamar así) era que el Papa, en el momento en el que pasaba por delante de nosotras, diese su bendición hacia el otro lado y que, sin quererlo, ignorase mi cartel.
    El Papa giró la esquina y siguió saludando a todos los que habíamos ido a verle. Y ahí fue cuando empezó a ralentizarse el tiempo. Gritaban por todas partes para que el Papa les mirase. Y, mientras bendecía a un grupo que teníamos cerca, vio mi cartel. Lo leyó y vio la foto de mis abuelos. Cuando yo estaba tan emocionada que no me podía sostener en pie, el Papa me dedicó una sonrisa, levantó el pulgar y me saludó.
    Lo que vino después fue mucho más rápido. La emoción no sólo invadió mi cuerpo, también el de mis amigas, quienes consiguieron darle el cartel a uno de los de seguridad que van al lado del papamóvil en la segunda vuelta. Por supuesto, no esperé un minuto para llamar a mi abuela y contarle lo sucedido.
    Y, como es normal, no se lo creía. No se creía que su nieta hubiese llevado un cartel con saludos para el Papa, y tampoco se creía que el Papa les hubiese saludado a ellos. Hasta que les envié las pruebas gráficas, que entonces me confesó que lloró de ilusión.