SOS, el barco se hunde

Hace unos meses me llamaba una amiga: Jorge y yo vamos a divorciarnos. Me sorprendí y no, total, como dijimos en la primera catequesis sobre el noviazgo, dos de cada tres matrimonios se rompen. El suyo solo iba a cumplir las estadísticas. Pero me dio mucha pena, llevaban seis años casados y, desde fuera, hacían una buena pareja.

¿Qué ha pasado Demi? Le pregunté. No sé, es un cúmulo de situaciones… ya no nos entendemos y creo que el amor ha desaparecido. Estoy harta de sus manías, de que todo sea más importante para él que yo, de que siempre esté estresado, de que nos tenga abandonados a los niños y a mí. Hace unos meses estaba tan mal que fui al psicólogo a contárselo para que me ayudara y me ha dicho que lo mejor es acabar ya con esto.

Colgué con ella y llamé a Jorge. ¿Qué ha pasado? Las excusas fueron parecidas. ¿Y los niños? ¿Quién los va a educar en adelante? No sé, me dijo, imagino que entre los dos pero separados. Mi Rubén y mi Sofía son lo más importante en mi vida, pero ya no aguantamos más juntos. Y, ¿por qué no intentáis arreglarlo? Porque llevamos ya meses intentándolo pero al final volvemos a discutir, nos volvemos a enfadar, y la cosa cada vez va a peor. ¿Ya no la quieres? Volví a preguntar. Sí, pero el matrimonio se ha vuelto una tortura para los dos. ¿Por qué no me lo has dicho antes? No sé, por dejadez, por pereza… y porque pensábamos que entre los dos y un psicólogo amigo de Demi al que va de vez en cuando podíamos solucionarlo, que no necesitábamos más ayuda. Bueno, concluí, el fracaso no es más que darlo todo por perdido sin haber luchado hasta el final. ¿Y si probamos algo antes de que firméis los papeles? Te va a sonar raro, vas a pensar que se me ha ido la pinza totalmente, que esta solución es absurda… pero, ¿Por qué no quedáis un día con un amigo sacerdote y le explicáis la situación? No ha estudiado psicología, pero tampoco es un cura cualquiera para que os eche un sermón… es un amigo que sabe mucho de parejas y matrimonios. Díselo a Demi y hacedlo aunque sólo sea por los niños.

El resultado fue increíble. No sólo no se separaron sino que ahora son la mejor pareja que conozco. Les presenté al sacerdote y, lo que iba a ser una charla para cumplir y darme el gusto se convirtió en un acompañamiento espiritual. Sí, podría haberlo llamado dirección espiritual pero es que eso de que alguien dirija tu vida suena fatal. Ese sacerdote acompaña desde entonces a mis amigos y a su matrimonio –y ojo, que ellos habían dejado sus prácticas de creyentes muy abandonadas hasta ese momento- y desde ahí, con los roces propios de la convivencia, son hiperfelices y hasta está a punto de nacer su tercer hijo.

Quizá es una medicina que debería recetarse más a menudo. Están de moda los psicólogos para luchar contra los problemas –ya da igual el tipo de problemas que sea, el psicólogo parece que es la solución para todo-, y muchas veces esos psicólogos no tienen experiencia ni formación alguna en temas de pareja. Se limitan a hacer su trabajo –que caro que se paga- buscando el bien de su cliente, pero quizá en ocasiones olvidando que ese bien va de la mano de una pareja y unos hijos. Tampoco defiendo que cualquier sacerdote sepa de estos temas, aunque generalmente alguna idea más tienen.

Que los problemas surjan en la pareja es normal, que la llama del amor a veces se vaya apagando, también. Que uno no descubra sus defectos, que se acomode siendo así, que su cónyuge acabe siendo una lata en la lucha contra ellos… también es normal. Por eso, la ayuda de un tercero es, cuanto menos, un camino interesante a tener en cuenta. Y no sólo para cuando lleguen los problemas, quizá mucho mejor para antes y así prevenir tremendos y dolorosos desenlaces. ¡Pensadlo!