Y yo, ¿cómo puedo dar de beber al sediento?

¿Sabías que existe un día dedicado al agua? Desde hace más de veinte años, el 22 de marzo se celebra el Día Mundial del Agua. La ONU quiso promoverlo para “destacar la función esencial del agua y propiciar mejoras para la población mundial que sufre de problemas relacionados con el agua”. Podrías pensar que es una pérdida de tiempo, que el agua no necesita de ninguna jornada especial y que esto es resultado de la presión de lobbys ecologistas. La verdad es que podría serlo, pero antes de olvidarte del tema, piensa un poco qué valor le da Dios al agua.

El agua es más bíblica de lo que parece. Está presente desde el segundo día de la Creación, es protagonista –casi principal– del diluvio, al salir de Egipto, Moisés separa las aguas y cuando los israelitas tienen sed, por concesión de Dios, transforma agua salada en agua dulce. Ya en el Nuevo Testamento, Jesús convierte el agua en vino; pide a la samaritana agua para beber y dice que no quedará sin recompensa ni siquiera un vaso de agua que demos a un sediento.

Como ves, el agua es muy estimada por Dios (quizá no tanto por los que vivieron en la época de Noé). El cuidado que tengamos de ella es una forma de vivir la segunda obra de misericordia material: “Dar de beber al sediento”. Al final, lo único que calma la sed es el agua: el resto lo hace solo en la medida en que la tiene como parte de sus componentes.

dar-de-beber-al-sediento-7ed16b00-81ba-4266-84ea-1548b1e66ab0Es complicado encontrarse a gente deshidratada por las calles a las que podamos calmar la sed. Pero no es tan difícil aprovechar las oportunidades que tenemos en casa para preservar el recurso que Dios ha previsto para practicar la segunda obra de misericordia. No dejar el grifo abierto sin necesidad o no usar más agua de la cuenta parar regar las plantas son gestos de misericordia con los sedientos, que se sentirán agradecidos al ver que no derrochamos el agua.

Por último, otra forma en la que podemos vivir la segunda obra de misericordia es agradeciendo la lluvia. No es una locura. A veces, como buenos citadinos, vemos las gotas que caen del cielo como un incordio para nuestros traslados de un lugar a otro. Nos olvidamos que hay una sedienta; una gran sedienta, que las necesita: la Tierra. No quejarse de la lluvia y pensar que está haciendo bien al campo y sus habitantes es vivir la misericordia de Dios, “que hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 45).