Javier Sánchez: “Dios me hizo ver que si me decidía por el sacerdocio estaría llevando al mundo lo que más necesita, aunque no siempre lo sepa.”

La sociedad en la que vivimos ha extendido una idea muy oscura sobre el sacerdocio, a menudo vemos en los medios de comunicación noticias escandalosas sobre el modo de vivir de una minoría de sacerdotes, pero que se suele convertir en la percepción de la mayoría. Aun en medio de esa tribulación sacerdotal, muchos jóvenes siguen optando por elegir ese modo de vida y toman la decisión de ingresar en seminarios, donde poder formarse para llegar a ser santos sacerdotes, según el ejemplo de Cristo. 

Hoy hablamos con Javier Sánchez, un seminarista de la diócesis de Plasencia que lleva 3 años formándose para llevar la alegría de Jesús y los sacramentos de la Iglesia a los demás. 

¿Siempre has querido ser sacerdote, o un día te levantaste y dijiste sacerdote, qué buena profesión

Más que decirlo yo, creo que lo dijo Dios antes de que se me pudiera ocurrir. Nunca se me había pasado como algo serio por la cabeza hasta que una experiencia fuerte en mi vida, una enfermedad, y la JMJ de Madrid me hicieron entender que si Él me había dado la vida no podía negársela. Digamos que me limité a ir diciéndole que sí a lo que me iba mostrando que quería que fuese mi vida. Y me ganó completamente cuando me hizo ver que si me decidía por el sacerdocio estaría llevando al mundo lo que más necesita aunque no siempre lo sepa, que estaría dando respuestas a preguntas que marcan la vida de mucha gente.

En el seminario es muy importante la vida intelectual, ¿qué se estudia allí dentro?

La formación académica del Seminario es una preparación para el ministerio, aprender para servir mejor. Formalmente son dos años de Filosofía, recorriendo las diversas escuelas de pensamiento y las distintas disciplinas que abarca; y cuatro de Teología, conociendo mejor a Dios, su plan para el hombre, su palabra. la historia que ha trazado para que todos disfrutemos de su salvación… Entremezclado con estas materias principales, completan el currículum asignaturas como Derecho Canónico, Latín, Hebreo, Griego, Psicología o Doctrina Social de la Iglesia.

En definitiva, es conocer a Dios y a los hombres, de hoy y de ayer, a los que Él quiere transmitir su amor a través de nuestro ministerio.

Francisco, en el encuentro que tuvo el pasado año con seminaristas en Roma, hablaba de la cultura de lo provisional, esa especie de lacra que hace que nuestra sociedad repela los para siempre. Ser seminarista es formarse y forjarse para pronunciar un para siempre, seguramente haya días en los que eso dé un poco más de vértigo de lo habitual, ¿de dónde se sacan las fuerzas?

Principalmente, de saber que todo esto no depende de ti. Como en aquella escena del lago, sabemos que es Dios quien nos ha llamado, y eso nos conforta para seguir adelante, confiando en que Él lo tiene claro aunque nosotros no lo veamos para nada. Para esto es necesario cuidar la vida de oración, cuando dejar de ser un pilar de tu vida, cualquier duda pequeña acaba convirtiéndose en un verdadero suplicio.

Además, la comunidad, el trabajo en las parroquias, con los jóvenes, las personas con las que compartes amistad y fe… son un salvavidas en esos momentos. Pero, por experiencia, no hay duda que no te afiance si sabes enfrentarla.

En una sociedad tan sexualizada, a muchos -incluso dentro de la Iglesia- les rechina la idea del celibato, dudan de la capacidad de un hombre de poder vivir en donación total a Dios. Pedro Arrupe sj escribía un poema a unos jóvenes que aspiraban a ser célibes, hablaba del celibato como una paz tan libre como armada, ¿qué es para un joven seminarista el celibato?

El problema está en cómo se concibe el celibato. No solo fuera de la Iglesia, sino también dentro. Una idea extendidísima lo vende como una prohibición de lo mejor de la vida; pero los que optamos por ser célibes no estamos rechazando casarnos y mantener relaciones porque sí, sino porque no queremos que nuestro corazón tenga un solo nombre, queremos que en él estén escritos los de todas las personas que nos encontramos, con la misma importancia y el mismo lugar. No es no enamorarse, sino enamorarse a diario.

Y si alguien quiere confirmar si cuesta o no, le aseguro que lo de paz armada no es simplemente un giro literario. Pero cualquier amor, si lo es verdaderamente, cuesta.

Hace unos días veíamos en los medios de comunicación un escándalo; un sacerdote que había revelado unos documentos secretos del Vaticano, traicionando la confianza que el Santo Padre había depositado en él, ¿hasta qué punto es importante la fidelidad al Papa?

El Papa es la cabeza de la Iglesia a la que pertenecemos y, de una forma especial los sacerdotes y seminaristas, amamos. Es nuestra madre y él es la persona que el Espíritu Santo ha escogido para dirigirla. Si rompiésemos el vínculo que nos une con el Papa, la comunión con él, estaríamos acabando con uno de los tesoros de nuestra vocación, porque daríamos la espalda al lugar donde el Señor nos ha llamado a servir, nos estaríamos escapando de la Iglesia para construir una a nuestra medida y con nuestras ideas.

El papel del sacerdote está muy desvirtuado por numerosos escándalos, muy dolorosos que han sucedido en el seno de la Iglesia a lo largo de los años, ¿existen sacerdotes ejemplares en la actualidad? ¿Puede un seminarista tener un referente de carne y hueso?

El gran problema de los sacerdotes ejemplares es que no hacen ruido. La humildad es una virtud que no se ve reflejada en los medios, y es un elemento esencial para un buen sacerdote.

Estoy convencido de que hay sacerdotes que son un verdadero ejemplo, y lo digo porque he tenido la suerte de conocer a algunos. No son perfectos, tienen sus fallos, pero tienen claro que eso no les impide luchar por ser santos y ayudar a que los que les han confiado lo sean.

Nuestro referente principal es Jesucristo, pero sí que hay sacerdotes que te mueven a desear ser como ellos dentro de unos años por su entrega, su humildad, su caridad, su forma de mirar a todo el que acude a ellos, de celebrar… Y además, tenemos a los santos.

¿Y la Virgen? ¿Qué papel tiene en tu vida?

Soy un afortunado: he crecido y me han educado en un colegio marista. Allí me enseñaron, desde los 3 años, la importancia de María en la vida de cualquiera, y cuando he llegado al Seminario he comprendido muchísimas cosas que antes solo sabía “de teoría”. Las he vivido.

Es una de las personas más importantes de mi vida, y de las que más han hecho y sigue haciendo por mí. Saber que está ahí y que en cualquier momento puedes acercarte a ella y contarle eso que te preocupa, esa noticia que te han dado, aquello que no te acaba de encajar, la alegría de algún éxito… y sentir que verdaderamente ella actúa, que funciona esa conexión y Jesús está más al alcance que nunca gracias a ella, es insuperable.

La crisis de vocaciones que sufre la Iglesia no es una crisis de llamadas, sino de respuestas, ¿qué debe hacer un joven para saber cuál es el camino que quiere Dios para él?

Unos meses después de comenzar mi discernimiento vocacional, un sacerdote de mi parroquia me dio un consejo que me ha salvado la vida porque me ha traído hasta donde estoy hoy: “muchos ratos de sagrario”. Es Dios quien tiene reservado un plan para tu vida, y es a Él a quien hay que preguntarle, directamente y sin ponerse excusas.

Además, toda vocación es una forma de servir mejor a la Iglesia, por eso debe discernirse con la ayuda de un sacerdote, o de alguien que conozca profundamente la experiencia de la vocación.

¿Qué les dirías a los jóvenes que tienen miedo a dar un “sí” radical y “para siempre” a Dios? 

Les invitaría a mirar a tantas personas que esperan una respuesta de Dios en su vida, a los que no lo conocen, a los que le buscan dentro y fuera de la Iglesia, a los que sufren por cualquier causa. Y les invitaría después a mirar a Dios, que está deseando llegar a todas ellos, que está pidiendo tus manos y tus labios para poder hacerse presente en todas esas vidas. Cuando captas estas miradas comprendes que son más fuertes que cualquier otro obstáculo. Dios no te va a abandonar, porque esta misión es suya.

Muchas gracias, Javi. Rezamos por tu santidad y tu perseverancia. 

¡Gracias a vosotros! Rezad por mí, para que sepa hacer realidad los planes de Dios con mi vida.