Gota a gota: La historia de Marta

A la vida hay que sacarle su lado bueno, siempre”

Pamplona. Aquella tarde de sábado, allá por septiembre, parecía que el sol no saldría: diluviaba. Un grupo jóvenes veinteañeras esa tarde querían cambiar un poco el mundo con su tiempo; porque, minuto a minuto, sonrisa a sonrisa, gota a gota se llena el océano.

Las Blancas. Como llovía, Marta dispuso sus bastones con los tacos para la lluvia, sus fieles compañeros. Iban a una residencia de monjas que cuidan de sus propias hermanas, las que ya están muy mayores; la mayoría, por la edad, estaban sentadas en sus sillas de ruedas o de movían con su andador. En aquel momento, Marta atravesó la puerta con sus fieles compañeros de batalla, las hermanas, la miraron con asombro. Admiradas. Con mucha gracia y su enorme sonrisa, Marta se sentó con ellas. “Mis bastones me ayudan a ayudar a los demás, son parte de mi forma de ser”, cuenta Marta después. Marta desprende fuerza, energía.

21. Tiene 21 años, 21 años luchando por levantarse cada día de su silla, 21 años en los que sus padres nunca se han cansado de animarla a levantarse. “Estoy muy orgullosa de tener la familia que tengo, soy una afortunada, sin el apoyo de mis padres, no estaría aquí”, continúa.

Cuatro meses eran de los que estaba embarazada su madre cuando los médicos detectaron que podría estar dañado el feto, que su pequeña Marta podría tener alguna discapacidad. Ante esa difícil situación, “mi madre por encima de todo, quería luchar por mi vida, nunca se cansaron, ni mi padre ni mi madre”, dice, sus palabras suenan a un enorme gracias.

Sueños. Marta sueña, como tú. Sueña con que la vida sea un derecho de verdad, encabeza las manifestaciones por la vida de su ciudad natal, Pamplona; sueña con ser universitaria el próximo curso; sueña con seguir disfrutando de sus padres, de sus hermanos, de sus amigas; sueña con no cansarse de levantarse jamás de su silla, porque “la vida es un regalo que hay que disfrutarlo y sacarle su lado bueno”, dice mientras en su cara se dibuja una gran sonrisa.

 

A Marta Ibáñez al poco de nacer le detectaron una parálisis cerebral, esto no le impide salir con sus amigas, prepararse para empezar en unos meses su aventura universitaria, y defender la vida, porque a ella sus padres se la regalaron.

Gracias, Marta.

Gracias a sus padres, que tampoco se cansan de seguir salvando a otros bebés y a sus padres de la tragedia del aborto.