Monseñor Pérez: “Lo que más admiro de los jóvenes es la limpieza de corazón, la nobleza y la capacidad de entrega”

Escucho a Monseñor al otro lado de la puerta, se está despidiendo de la anterior visita; este hombre parece tener tiempo para todos, menos para él. Monseñor Pérez rebosa naturalidad y alegría, parece que hemos quedado para tomar café y se adelanta a responder mis preguntas. Él también me pregunta: “A ver ¿quién puede descubrir quién es Dios?”- me cuestiona.

Ante un mundo en que solo cabe el materialismo y lo inmediato, este hombre no tiene miedo en afirmar que su madre es la Iglesia, a la que se lo debe todo y que el Papa también cuenta con los ateos. Nació en Frandovinez, Burgos, en el seno de una familia que se enseñó a entregar su vida por los demás y el valor de la pobreza cristiana, pues eran emigrantes. Hoy sigue siendo un servidor: es el Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela.

Monseñor, cuéntenos de su juventud, ¿cómo fue?

Difícil: tuve muchas enfermedades. Con dieciocho años sufrí una Peritonitis aguda que me podía haber llevado a la Casa del Padre, pero se ve que el Señor no quería- sonríe perspicaz. Lo pasé bastante mal- confiesa. 

¿Cómo expresaba su fe?

Me crié en un ambiente cristiano, el de mi familia, una familia muy pobre. Mis padres tuvieron que emigrar a Frandovinez, donde llegaron sin nada con mi hermana mayor. El alcalde, al verles que llegaron tan pobres, les regaló una oveja, eso siempre lo llevo en el corazón, siempre estaré agradecido al señor Flores. Tuvo la delicadeza de dejarles una casa medio en ruinas y le dijo a mi padre, que como era carpintero, que la arreglara. Ahí es donde aprendí a amar a Dios. Y sobre todo, a mi me ayudó mucho el sacerdote, además de mis padres. También la lectura de la Sagrada Escritura y de vidas de santos. Todo ello me llevó a plantearme: “Si estos han hecho tanto bien a lo demás, ¿por qué yo no?”. Así fue fraguándose en mi interior, por voluntad de Dios, el deseo de ser sacerdote.

Cuéntenos sobre la JMJ de Roncesvalles…

Fue una gracia de Dios, estoy seguro que van a salir muchas vocaciones, a la vida consagrada, al sacerdocio y al matrimonio. Un momento de Dios, con jóvenes dispuestos a “zambullirse” en la fe, en la esperanza y la caridad, en comunión con el papa Francisco- insiste-, porque nosotros también vivimos los momentos más importantes de Río de Janeiro. También fue muy significativo la Fiesta del Perdón, donde muchos jóvenes pudieron encontrarse con el abrazo del Padre y había una capilla con adoración permanente. Se respiraba ambiente de fiesta, de alegría; pero seria, nada de superficialidad, y profundizando en lo que quiere decir seguir a Jesucristo y vivir junto a Él en la oración, los sacramentos y ayudando a los demás, como dijo el Santo Padre.

El Papa ha hablado de que los jóvenes católicos tienen que cambiar el mundo, ¿qué propone?

Confiar, adorar y amar mucho a Dios. Si esto lo hiciéramos- dice con fuerza-, los matrimonios irían mucho mejor, no habría infidelidades, el sacerdocio serviría mucho mejor… ¿Por qué?  Porque la fidelidad es amar a Dios y al prójimo. 

¿Qué es lo que más admira de los jóvenes?

La limpieza de corazón, la nobleza y la capacidad de entrega. Me duele mucho que estemos en una sociedad tan relativista y donde hay tanta influencia del mal, que está haciendo daño desde niños, donde se rompe la inocencia, eso hay que cuidarlo mucho.

Y los universitarios, ¿qué podemos hacer?

Mucho, tenéis en vuestras manos la organización de una sociedad que necesita la generosidad de gente preparada en todas las ramas, como nos impulsó el beato Juan Pablo II. También desde el punto de vista cristiano que os involucréis: ser la sal del mundo.

Vivimos en la cultura del culto al cuerpo, ¿qué sentido tiene la cruz? ¿Cuál es su sentido real?

El de la verdadera libertad. Cuando uno abraza las circunstancias dolorosas de la vida, la cruz te lleva a la luz, a la plenitud de vida, a la resurrección. Juan Pablo II segundo me decía que me tengo que agarrar a la cruz cuando me viene un dolor porque Cristo ya ha estado ahí, Él ya lo ha asumido por mí.

Nuestro mundo va a la velocidad de la luz. ¿Dios cabe? ¿Tiene sentido creer en Dios hoy?

Claro. El papa Benedicto XVI lo decía muchas veces: Un humanismo sin Dios, es decir, sin amor, Dios es amor, es un humanismo inhumano– lo repite, insiste. Yo no puedo vivir sin creer en el amor. ¿Yo puedo comprender que dos personas se quieran sin amarse?, no puedo.

Jesús dice quién es el Amor: Dios es caridad. Y esto está dentro del corazón de todo ser humano, “solo” hay que descubrirlo, unos lo harán antes, otros, después.

Muchos dicen: “Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia”, ¿por qué es “necesaria” la Iglesia para llegar a Dios?

Yo no creo en un Dios etéreo, como un magma que hay en el ambiente, creo en un Dios personal y eso me lo muestra Jesucristo, que se encarnó en la Virgen María, quien nos ama tanto que ha dado su vida por nosotros. Y Jesucristo funda la Iglesia reuniendo a un grupo de apóstoles. La Iglesia, como madre, me ha dado la vida. Jesucristo me ha revelado a Dios.

¿Cuenta el Papa con los ateos?

El Papa tiene que acoger a todos como hacía Jesús, últimamente escribió a uno. Siempre respetando, algún día se les mostrará, porque Dios tiene su momento para cada uno. Por eso tenemos que llevar la luz y esperar.

 ¿Qué es lo que más le impresiona del papa Francisco?

La fe que tiene y el amor a la Iglesia.

 @Católicos_es solo está empezando, díganos algo.

Que sigáis mostrando la luz y el rostro de Cristo, que se muestra en el Evangelio. Que digáis que Cristo nos ama, sobre todo atendiendo a las personas más necesitadas.

 Una fotografía de su infancia

Cuando de pequeño me ponía en un rincón delante del sagrario.

 El mejor consejo que le han dado

Ser sincero y humilde.

Un libro

La Misericordia, Walter Casper.

Una película

La misión

¿Qué es lo primero que piensa al levantarse?

Darle gracias a Dios por el nuevo día                                                 

¿Con qué personaje histórico se tomaría un café?

San Agustín.

¿Qué quería ser de pequeño?

Médico “de cuerpos”, pero alguien me dijo que se necesitaban médicos de almas.

 

 

Foto: Dani Sierra