Importancia de un matrimonio en la vida del cristiano

Si nos preguntáramos qué es lo que mueve el mundo… la respuesta sería muy fácil: el amor. Independientemente de la edad, el sexo u otros valores socioculturales, el sentimiento que domina las acciones de un cristiano es el amor.
Somos juventud, somos vida y somos futuro; y como tal, una de las mayores preocupaciones de nuestra vida son los amores, los noviazgos. A todos nos rodean las mismas dudas, los mismos miedos… ¿Esto que siento es amor verdadero? ¿Qué es realmente el amor? ¿Qué significa el matrimonio?
Jesús tiene la respuesta para todo ello, para todas estas incertidumbres que nos rodean día a día; así que, adelante, sigue leyendo y este artículo te llevará a ver las cosas mucho más claras.
En primer lugar, hay que saber qué significa eso de “Vocación matrimonial”. Desde el punto de vista etimológico, la palabra “vocación” viene del latín vocare y significa “llamada”; en este caso, se refiere a la llamada de Dios al amor, esta llamada es sentida por todos porque solamente cuando se ama es cuando se es verdaderamente uno mismo. El Sacramento del Matrimonio es una decisión libre y comprometida. Fue comparado en el Antiguo Testamento con la unión de Dios y su pueblo.
Es Juan Pablo II, quien de forma clara y concisa, define la Vocación al Matrimonio de la siguiente manera: “Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano […]. (Juan Pablo II, Familiaris Consortio no. 11)
En plena juventud como nos encontramos, se siente dentro de uno mismo el danzar de la vida, con entusiasmos, proyectos e ilusiones, cargados de alegría y vigor. Y en este bullir, el elemento clave es el amor. Parece tan fácil, tan inmediato, ¿verdad?… el amor…
Hoy en día, entre la juventud, tenemos el hábito de valorar mucho la espontaneidad y la inmediatez en las relaciones amorosas pero, a su vez, esto trae consigo un problema: la superficialidad como prioridad. Y es que, el amor no es fácil, el verdadero y eterno amor es algo que requiere trabajo, dedicación. El amor debe construirse sobre unos cimientos fuertes para que ningún vendaval pueda derrumbarlo. Muchas veces encontramos el fallo en que no se forma una relación consolidada, no se piensa, no se va a la “escuela del amor”, es decir, no se pasa por una etapa enriquecedora de noviazgo.
Es decisiva, para cualquier joven cristiano, la construcción del propio futuro junto a quien ha de compartir todas sus horas, sus penas y alegrías. Quizás un fracaso en el ámbito material es duro y entristecedor, pero siempre se puede rehacer de él; sin embargo, hay fracasos amorosos que pueden marcar de aflicción toda una vida. Siéntate y piensa: ¿Nunca sentiste que el amor se terminó y la vida se te fue con él? ¿Acaso el amor fugaz y rápido no siempre ha dejado en ti un hueco a la tristeza y la melancolía? ¿Quizás por qué lo que necesites sea un amor enriquecedor y verdadero, un amor a fuego lento?
Sí, un amor fértil y próspero es lo que todos necesitamos, un amor como el que Dios nos ofrece. Por ello, en el Matrimonio debe predominar este amor maduro que busca siempre el deseo sincero de ayudar a alcanzar el verdadero bien de la persona amada. Durante este Sacramento, el amor será cada vez más auténtico e integrará los tres niveles del ser humano: el nivel físico, el psicosocial y el espiritual.
Así, también nos podemos preguntar, ¿cuáles son los fines del Matrimonio?
“El amor que lleva a un hombre y a una mujer a casarse es un reflejo del amor de Dios y debe ser fecundo” (Cfr. Gaudium et Spes, n. 50).
Cuando hablamos del matrimonio como institución natural, tenemos que tener presente lo que llamamos “acto conyugal”. Entonces, podemos deducir que el hombre y la mujer están llamados a dar vida a nuevos seres humanos. Cuando una pareja, libremente, decide casarse se compromete a cumplir todas las obligaciones que esto conlleva y, por tanto, a llevar a cabo su finalidad: tener hijos y educarlos con responsabilidad y en un ambiente cristiano. La paternidad y la maternidad son un don de Dios y cada hijo es una bendición.
Cristo es centro de la vida del cristiano en todas sus circunstancias. El tener a Dios en primer lugar en una familia no se logra de la noche a la mañana, hay que empezar desde el noviazgo. Por tanto, para aprender a amar y formar una familia debe estar presente Dios en el centro de la pareja. Tenemos que esforzarnos por llevar nuestra relación de cara a Dios y luchar por que sea una relación constructiva para los dos. También tener una relación seria y constante, una relación fiel que tenga como fundamento primordial a Cristo, en la Fe, en el Señor.
Para concluir, cabe mencionar que en la sociedad actual en la que vivimos muchas parejas tienen una visión del matrimonio egoísta, donde los hijos no tienen cabida y la única finalidad es el placer personal. Cada vez son más abundantes los fracasos matrimoniales… ¿por qué? Porque la juventud de hoy en día no tiene una visión católica del amor ni tampoco conocen el verdadero significado del matrimonio. Preguntaban a una pareja que llevaba 63 años juntos, ¿cómo lo lograron? Y los dos felices respondían, porque cuando tienes a Dios como base del amor las cosas nunca se tiran a la basura; si algo se estropea, con cariño, se arregla. Y ahora, te pregunto yo, ¿no sientes la necesidad de un amor puro y verdadero en tu vida tras leer estas líneas?
Así, como jóvenes y como cristianos, no cometamos el error de tantos matrimonios y empecemos a trabajar en la riqueza del amor desde el noviazgo… ¡Pongamos a Dios como centro de nuestra vida!